jueves, 9 de noviembre de 2017

Namasté Nepal... Namasté Annapurnas...



“El Annapurna, al que habíamos llegado con las manos vacías, es un tesoro con el que viviremos el resto de nuestras vidas. Con esto en mente, pasamos página: una nueva vida empieza. Hay otros Annapurnas en las vidas de los hombres”. Maurice Herzog. (Annapurna. Primer 8.000). Herzog, primero en coronar un ocho mil, el Annapurna con sus 8.091m.

Después de años de soñar con el Himalaya, por fin este año, en octubre tras acabar los monzones, realicé junto con mi “hermano” Salva el Trekking de los Annapurnas. Pero Annapurnas es algo más que una caminata en los Himalayas, es un viaje al interior de lo más auténtico de Nepal, un paseo a través de las ricas y diversas culturas del Himalaya, unos pueblos adaptados a las duras condiciones de vida en las montañas más altas de la tierra, un modo de vida condicionado directamente por la cordillera, tanto para lo bueno como para lo malo, pero que para nada endurece el corazón de estas gentes, muy al contrario, es en estos lugares, alejados días o semanas de la civilización, donde la hospitalidad surge de un modo natural, donde mujeres, niños, ancianos,… cargados en su espalda con fardos de más de 40 kg. calzados con chanclas de goma, que cualquiera de nosotros, habríamos tirado hace ya mucho tiempo, subiendo pendientes que tienden a la verticalidad y bajando cuestas de vértigo… cuando se cruzan contigo, dibujan la más hermosa sonrisa, inclinan la cabeza y con ese tono cantarín que embruja, pronuncian NAMASTÉ... Pese a la explotación turística de este trekking, que por otro lado, trae riqueza a las gentes o pueblos que comparten camino con el turista.

Y como guinda, asistir al espectáculo del anfiteatro de los Annapurnas desde el Campo Base (ABC), con el Annapurna I como gran general, pero ojo, no es un camino fácil, aunque sí agradecido, todos los esfuerzos reciben recompensas y aquí tal axioma se cumple con creces.

El trekking del Annapurna Base Camp discurre por un área protegida. Se llama Área de Conservación del Annapurna y hace falta retirar un permiso para acceder a ella. El permiso cuesta 50 dólares (2000 rupias) a fecha de octubre de 2017. Además del permiso debes de tener la tarjeta TIMS que expide la  Asociación de Agencias de trekking de Nepal que cuesta otros 20 dólares al cambio.


Dentro del Parque Nacional de los Annapurnas existen variados itinerarios, existen trekkings largos, cortos, fáciles o difíciles, la oferta es amplia. Quizá los trekkings más famosos son dos, El Circuito Largo de Los Annapurnas, de una duración aproximada de 21 días y 200 Km de recorrido, en el cual se recorre una gran zona del Parque, incluyendo parte del territorio de Mustang y en el que se debe atravesar el Puerto de Thorong La, de 5600 metros de altura. Aunque si se quiere llegar hasta el campo base hay que añadir otros 10 días más. El otro trekking es del A.B.C. (Annapurna Base Camp), de 10 a 12 días, el que hicimos nosotros y que puede tener variantes, se puede llegar al A.B.C. y volver por el mismo camino o se puede coger un desvío hacia Tatopani y Garopani, para subir a la colina de Poon Hill, a 3210 metros de altura y desde donde se puede disfrutar del macizo de los Annapurnas y del Macizo del Daulagiri (8167 metros), fue ésta, la opción por la que nosotros optamos, alargando así los días de trekking.


Contaré lo que hicimos, lo que pasamos y paseamos, todo lo que vimos y experimentamos, los miles de colores, pero no se como explicar las sensaciones, olores y sabores, las miles de sonrisas que fuimos recolectando a lo largo del camino, los inmensos tonos de verdes, la fauna, mariposas enormes de colores imposibles, los monos, el atronador silencio de la montaña exuberante, plena de vegetación por encima de los 3000m,  el camino que queda delante de mis pies, escalones, miles de escalones para recorrer, Nepal es mucho... pero mucho….

El ambiente en el avión es festivo, rezos, voces, sonidos en idiomas desconocidos por completo, abunda la piel olivácea y el tamaño de bolsillo, es una experiencia totalmente nueva para mi. Pese a pasar la noche en vela sigo con los ojos de un niño, pura ilusión asomado a la ventanilla del avión cuando amanece y despegamos de entre la arena del desierto para cruzar el mar de Arabia y posarnos encima de las nubes. Cuando éstas se despejan, nosotros continuamos avanzando y pasamos del mar al desierto y a la superpoblación india, perceptible perfectamente desde el aire. Volando hacia el imperio del sol, de repente giramos hacia el norte y luego volvemos al oeste y yo grito de satisfacción, ya están ahí mis primeras montañas, altos picos firmes cubiertos de nieves eternas conformando un horizonte infinito de nata y gris. Tomamos tierra finalmente en la ciudad de barro de Kathmandu, nos felicitamos, besos, abrazos e ilusiones que derramamos por doquier, desciframos extraños garabatos en las paredes, sonreímos a gente de mediana estatura coloreada entre caoba, cobre y café, recorremos un aeropuerto internacional que parece un aeródromo pobre venido a más, observamos nuevos y exóticos sellos en el pasaporte que beso con alegría y traspasamos la frontera. Estamos en Nepal! Na Mas Te!

La recogida de equipajes es un burdel en toda regla en el que se mezclan recogedores, ayudantes, porters, cargadores, turistas, aventureros, deportistas, alpinistas profesionales, nacionales y mochileros como nosotros en una sola cinta de equipaje. Hay desde mochilas a cajas de cartón pasando por mantas atadas y bolsas de plástico.

Subimos a la furgoneta en la que nuestro guía en esta aventura, Hitmaut, nos recoge y comenzó el choque cultural, sobrepasando la capacidad de absorción de imágenes de nuestro cerebro, saturando los canales de comunicación después de 30h sin dormir apenas. Nos rodeaban los conductores suicidas, las miles de motos como ballestas que revoloteaban a nuestro alrededor, las vacas sueltas, la total ausencia de normas de circulación, la ciudad es un atronador caos alegre y multicolor que abruma. Cerramos la noche con unos frutos secos, ya no servían cena, dada la hora y unas buenas cervezas Everest.


A Pokhara…

Nuevo y soleado día, madrugamos con el sonido de las campanillas para prepararnos para el Trekking. Bien pronto se presenta de nuevo nuestro guía Hitmaut. Sonrisa inmensa, alegría contagiosa, habla mucho, a veces en un español bastante correcto y nos conduce hasta la estación de autobuses que es una simple calle. Destino a Pokhara, nos subimos a un decrépito autobús que durante 7 largas horas para recorrer 200km nos conducirá a la ciudad del lago. Por el camino primero toca subir para salir del valle de Kathmandu a través de una carretera estrecha, serpenteante y revirada llena de motos, furgonetas y camiones de decoración imposible, chasis de acero y cabina de madera, que son como tortugas que se arrastran por la carretera y yo que no dejo de sorprenderme del verde del valle, de la carretera rota, de que lleven cabras en el techo, del río que baja furioso. De que vadeemos ríos, charcos, baches y badenes sin fin. De que apilen la hierba, de que los coches averiados que son muchos, se señalicen con piedras y ramas, de que haya un parque acuático abandonado a la orilla de un camping, de que la vegetación lo cubra todo de un verde brillante, de que la comida sea fuerte, picante y sabrosa a precios de broma y que sorprendentemente no haga pupa alguna en el estómago, de que empecemos a ver las primeras cumbres del Himalaya. Y finalmente llegamos a Pokhara. Otra estación que es un descampado, llegamos en un mini taxi a nuestro hotel, con unas vistas envidiables desde su azotea al MacchaPucchare que me enamora con su leyenda de montaña virgen y con su pico triangular cubierto de nieve que se empieza a cubrir de los primeros velos de niebla.

Pokhara es una ciudad pequeña, corrompida por el turismo pero es también alegre, linda y tranquila, alejada del desquiciamiento de la capital. A paso tranquilo recorremos las calles principales, llenas de tiendas para turistas, y la orilla del lago con sus múltiples barcas. Fotos, sonrisas… yendo pronto, tras cenar en el Hotel, para cama que madrugamos al día siguiente.

El madrugón trae unas vistas espectaculares a la cima del Macchapucchare, blanca y despejada del copetín de nieblas, un desayuno intenso y una hora y media en taxi por una carretera de vértigo y totalmente destrozada por el terremoto, hasta el punto de partida de nuestra caminata. En un punto del camino donde hay 4 casas decrépitas y un baño que es un agujero en el suelo, como en todos los alojamientos que nos quedan por delante en este camino a los Annapurnas, sale una veredita que baja al río, atraviesa un precario puente colgante y se dirige recto hacia la montaña. Nuestro camino, el camino embarrado que permitiría apenas el paso de un coche y nos ha de llevar al pueblo donde se visan los permisos para entrar al santuario de los Annapurna, gestionados por Hitmaut. Sella en el pasaporte azul y a caminar. Hay montones de caminantes aventureros como nosotros. Mientras el camino es llano la cosa va bien, cuando se empina y comienzan los escalones el ritmo se ralentiza. Nuestra ilusión puede con todo en este camino. Así vamos avanzando y observamos la belleza vibrante natural del valle. Viendo como secan las panochas como en mi valle asturiano, colgándolas de la barandilla, a paso lento vamos dejando la orilla del río que corre furioso para ir subiendo por la ladera, nos quedamos boquiabiertos al ver la interminable sucesión de escaleras que suben hacia lo alto de la montaña pero la comida, el plato nacional Dal Baht y los momos, están riquísimos y nos da las fuerzas y el ánimo suficiente para seguir ascendiendo. A nuestro ritmo constante, no dejo de maravillarme del paisaje, del inmenso trabajo de quienes fueron trazando esta red de escaleras que recorren las montañas como venas que riegan la vida de los pueblos que se ven diseminados por todas las laderas tan viejas como el mundo, alimentando las terrazas para el cultivo de arroz o lo más notable, los pequeños descansillos preparados para el reposo del cuerpo y del alma. No logro encontrar ninguna partitura que acompañe tanta belleza, yo que sin música no se vivir. Y subiendo, poco a poco, con un ritmo sereno pero firme, toda la gente que nos adelanta alegremente despreocupada por las mañanas se va quedando en el camino y a mi me quita un peso de encima ver que Salva va relajado y que todo va más que bien.



Hasta alcanzar la cota de 3000 metros la vegetación nos acompañó en todo momento. El clima tropical de la región, provoca que rara vez nieve por debajo de esta altura. Solamente la vista hacia el fondo del valle, con la mirada fijada a las nevadas laderas, te hace recordar que te hallas en cotas más elevadas que a lo que estamos acostumbrados en nuestra geografía.

Nuestro ciclo de rutina se adaptó enseguida al horario solar. Nos levantábamos a las 05:30 para empezar a caminar antes de las 07:00, tras preparar mochilas, petates, cargar agua, desayunar… Las casi doce horas de luz que disponíamos marcaban nuestro hábito de andar por las mañanas, para luego descansar y disfrutar de cada lodge donde nos alojábamos. Además, los primeros rayos del día contorneaban las montañas, elevando la temperatura y provocando con ello atronadores aludes que se oían en la distancia.

Testigo de todo el valle es el majestuoso pico de Machapuchare (6997m). Una montaña conocida también como Fish Tail, por su afilada silueta en forma de cola de pez. Montaña sagrada para los nepalíes, su cima jamás ha sido escalada como respeto a esta cultura. 

Cada día por el camino vemos la naturaleza en pleno apogeo, pueblos integrados en entorno pero orientados al turista, venden chucherías, agua y pocas bebidas más, sirven comidas y dan el mismo humilde alojamiento. Jugamos con los niños. Como empieza a ser costumbre, la comida esta escandalosamente sabrosa, no hay nada como comer productos auténticamente naturales. Por la tarde me sigue sobrando energía para dar una vueltita por ahí solo, tengo tanta gana y tanta ilusión que subo y bajo corriendo, visito lo posible aun cuando no haya nada mas que lo habitual, lodges, pequeños templos y vistas al horizonte verde y gris niebla. Hablo, cada día, un rato con los guías y porters ante una taza de te, cena y tertulia con otros viajeros en el alojamiento, gente que está dando la vuelta al mundo, que lleva meses viajando o como nosotros.



En Ghorepani A las 4 en pie para subir a Poon Hill a ver amanecer, subir aún sin desayunar a la colina Poon, acompañados por la fila humana de luciérnagas de frontales y linternas que tienen las mismas intenciones que nosotros. Finalmente apenas se despierta el día cuando llegamos a lo alto de la colina, hay un humilde tenderete de té, una torre mirador y una espectacular vista desde el macizo de los Annapurna hasta el Daulaghiri, lejano pero muy visible. Están todos allí, inmaculados, erguidos como las velas en una tarta, macizos, imponentes, brutales. Lo admiro y hago miles de fotos, quizás sea el amanecer más bonito del mundo a mis ojos, que como es costumbre se cubren de humedad. Veo la montaña madre y sus hijas y mi felicidad suena como un vibrante fa sostenido menor que se desparrama y cubre los valles, avanza como un mar incontenible por encima de las altas cumbres y llega a las fronteras del Nepal invadiendo los vecinos Tíbet y Karakorum. Reparto abrazos, cariños y sonrisas y nos volvemos al lodge. Toca el desayuno y apenas a las 9 de la mañana ya estoy trotando por ahí, inquieto, activo, deseoso de seguir caminando. Y eso hacemos, Salva está bien, ya nos hemos acoplado todos a un ritmo, Salva marcha por detrás con el guía y yo voy por delante con nuestro porter, Niratso, que de vivir en Europa, no se hablaría de Kilian…. Que máquina, increíble verlo subir y bajar, corriendo cargado con los petates. Todo el camino está lleno de las omnipresentes banderitas de oración, por senderos o escaleras, a ratos peligrosas por mojadas porque corre agua por todas partes, agua sin fin, sin medida, libre, en todas sus acepciones, ríos, arroyos, cascadas fecundando estos fértiles valles dotándolos de ese verde luminoso que se queda grabado en la retina. El camino pasa por bosques y a ratos, al filo de un inmenso abismo donde a veces cuelga un hotelillo para turistas con vistas al infinito. Tenemos que cruzar el río y eso implica descender innumerables escaleras para volverlas a subir, cruzar docenas y docenas de puentes tibetanos suspendidos en cables sobre el vacío… algunos en un estado casi ruinoso. Yo mismo me sorprendo de que cada tarde siga sobrándome fuerza para dar vueltas por los pueblos que no tienen mucho que ver, son apenas una docena de casas en una collada, con alguna tienda, en alguno de ellos, orientada al turista y poco más. El alojamiento como todos, espartano, ducha templada, baño compartido, catre duro, suelo de madera que rechina y podríamos decir que está aproximadamente limpio. Sorprendentemente a esta altitud en España, esto sería nada más que pasto y piedras, sin embargo aquí hay árboles, agua y vegetación por todas partes pero pocos bichos y aire purísimo, lo que se agradece...

Visitamos una escuela infantil mientras los niños se despiertan de la siesta, medio adormilados, temerosos, tímidos, sucios llenos de mocos y sin embargo me los llevaría a todos.





Cada tarde sigo dando vueltas en solitario en cada pueblo donde nos alojamos, explorando todos los rincones, aprovechándome de la amabilidad de los nepalíes, hablo con los niños y los mayores, disfruto de las vistas, tomo algunas notas de voz, charlo con los distintos guías y porters y me lleno de la paz que ofrece la pura naturaleza viva del Nepal. Aquí no hay tele ni radio ni teléfono, ni problemas de un mundo que queda muy lejano, muy distante, aquí todo es mucho más fácil. Y más feliz.

Los alojamientos se iluminan por la noche con sorprendentes y anacrónicos motivos navideños y dejamos que el aire puro nos acune para dormir como niños, con los puños apretados de tranquilidad y felicidad.

Alcanzada la cota 3500 metros todo cambió. El valle se abrió y nos trasladó al clima alpino y al paisaje de alta montaña. Nuestros pasos se ralentizaron algo en algunas subidas y procurábamos hidratarnos para evitar el temido mal de altura. Habíamos visto el helicóptero en los días pasados, realizando viajes de ida y vuelta desde el Campo Base a Ghandruk, y no queríamos que a nosotros nos sucediese lo mismo. 

El helicóptero de rescate es diminuto comparado con la grandiosidad del valle.

Hay veces en las que la suavidad del sendero, con curvas y escaleras bien trazadas, te invitan a subir más rápido y ello provoca que las noches por encima de 3500 metros puedan surgir problemas de este tipo. Nosotros no tuvimos ningún problema, excepto Salvador que si tuvo dolor de cabeza un par de días que remitió con analgésicos.

La tarde en la que alcanzamos el Campo Base del Machapuchare a 3700 metros, fue el primer momento en el que contemplamos la vista más alpina del trekking. Difícilmente puede comprenderse las dimensiones de estas montañas cuando a esa cota todavía se ven inmensas.

Los minutos previos al atardecer los vivimos con los ojos de dos novatos en un trekking al Himalaya. Al poco tiempo el termómetro se desplomó. Desde el interior del helador comedor del lodge, contemplamos los juegos de la niebla que ascendía y descendía el valle como nunca habíamos visto en nuestras latitudes. Todos los días amanecía un cielo raso, azul y despejado que nos dejaba asombrados ante la majestuosidad de las montañas nevadas, que a lo largo del día, antes del atardecer (en torno a las 17.00 horas) se cubría completamente cada día. 



Solamente nos separaban poco más de 400 metros de desnivel al Campo Base del Annapurna I. Una cima que apenas pudimos ver esa tarde, más que por unos segundos, antes de nublarse. Nos surgió la duda de si al día siguiente tendríamos la suerte de poder verlo, y con esa idea nos acostamos en nuestro saco de plumas, en la noche más gélida del trekking. A las cinco de la mañana salimos con nuestros frontales para no perdernos el amanecer en el Campo Base del Annapurna (4125m). El intenso frío que sentíamos pronto disminuyó conforme ganamos altura. La nieve brillaba con la luz de la luna e invitaba a apagar la luz del frontal que chocaba contra nuestro aliento helado.

Alcanzamos el campo base antes del amanecer y pudimos, por unos minutos, vivir la soledad que pronto cesaría  al levantarse los que allí estaban alojados. 

La gran pared de la cara sur del Annapurna I (8091m) se encontraba completamente despejada. Cerca de 4000 metros de verticalidad, en forma de nieve y roca, te hacen sentir la pura felicidad de hallarte en el lugar que has deseado y que sin dudarlo es de los más espectaculares del planeta.

La cara sur del Annapurna I es la vía de acceso a un ochomil más peligrosa de toda la cordillera. La primera montaña de más de ocho mil metros de altura alcanzada por el ser humano es también una de las 14 montañas que superan la mágica cifra de 8000 metros y la más mortífera. Desde que en 1950 fuese escalado, solamente 192 ascensiones han tenido éxito, pereciendo más de 60 personas, lo que cifra en un 30% el índice de mortandad en esta montaña. Entre ellos visitamos las placas del ruso Anatoli Boukreev y el pamplonica Iñaki Ochoa. Del ruso es imprescindible la lectura de Everest 1996, donde se relata su proeza en el rescate de varios de sus clientes en el Everest, en cotas inhumanas para la gesta que realizó sin oxigeno. Mientras que el potente alpinista navarro, protagonizó en sus últimas horas de vida, el que fue uno de los rescates más importantes realizados en el Himalaya. El relato de esta increíble operación de salvamento es mostrada en el magnífico documental Pura vida, que os recomiendo especialmente.

El amanecer entre tanta belleza, leyendo las placas de estos extraordinarios alpinistas, entristece y llena de admiración hacia aquellos que por encima del resto de mortales, han usado su altísima capacidad física y mental por encima de los límites de la vida. Sin dudarlo, el Campo Base del Annapurna es un lugar inolvidable y sobrecogedor.

Empezamos a bajar esa misma mañana, tras el contundente desayuno habiltual. Dimos la espalda a esas montañas y comenzamos el descenso con una mezcla de alegría y tristeza. El retorno del lugar anhelado, y los más de 1800 metros que teníamos que descender en esa mañana, nos llenó de pensamientos a cada paso de nuestras botas y bastones. Sabíamos que concluía parte de nuestro viaje, aunque pasaríamos tres días más en Katmandú y con él muchos metros de desnivel ganados este verano en nuestra Sierra Nevada. También me imaginaba qué pasos y cuales no bajaría con la bici, de tenerla en ese momento, en ese sendero infinito.

Camino del Campo Base del Machapuchare me dí la vuelta fotografiando a Salva, a nuestro guía y nuestro porter con la impresionante pared del Annapurna Sur. Gran suerte la mía al haber compartido esta experiencia junto a la mejor de las compañías que se pudiera desear.






Siempre llega el fin de todas las cosas. Alguien dijo que la única patria del hombre es su infancia. Si esto es así, yo me he vuelto nepalí. Nepal ha sido una regresión a la infancia, a la despreocupación de las vacaciones, a la compañía alegre en todo momento, a la embriagadora sensación de libertad, a la percepción de un mundo entero por descubrir en un verano que acaba de comenzar. Igualmente por su paisaje, ya que Nepal es un paraíso. Allí he pasado seguramente de los mejores días de mi vida, sobre todo en el Annapurna, pura belleza natural, no creo que mi paraíso soñado difiera mucho de esto.

Si el tesoro de un país es su gente, Nepal es uno de los más ricos del mundo. Una gente entrañable, abierta, entregada al prójimo, cariñosa, cercana y guapa, bonita, muy, muy guapos todos, ellas y ellos. No los conozco a todos pero a todos los que tratamos les guardo un rinconcito de mi corazón porque contribuyeron a hacer de estos días un placer continuo.

Paisajísticamente, el choque cultural predispone a ver belleza en cada rincón, en cada esquina aunque pertenezca a un basurero. Todo salta a los ojos y maravilla, no todos los días se descubre un mundo nuevo, cosa que nos sucedió cada día en Nepal. Lo que es indudable es la imponente, eterna belleza del santuario del Annapurna. Montañas verdes, macizas, masivas, cubiertas de nieve, deslumbrantes en la soleada mañana, cubiertas de velos de niebla por la tarde, como tímidas, que por la noche esconden sus mejores galas para mostrarlas exuberantes a la mañana siguiente. Cada mañana salía a saludar al sol y éste me devolvía la visión de la vegetación y de las maravillosas moles de piedra y nieve que todo lo rodean, inmutables, inmóviles y deseosas de verme tanto como yo de verlas. Porque no me las quito de la cabeza, que todavía siguen ahí, en mi recuerdo y yo con el plan loco de volver algún día, pronto, muy pronto, para hacer la vuelta completa a los Annapurna, volver a ese gran país que forma ya parte de mi, un poquito tanto como mi pequeña Asturies, porque veo cualquier tema relativo al Nepal y se me remueven las entrañas porque allí fui inmensamente feliz. Me has de creer si te digo que esto es un autentico paraíso, en mayúsculas y con grandes signos de exclamación.

Una curiosidad que me sorprende de este viaje es que apenas miré al cielo, yo, el enamorado de la osa mayor que siempre miro al cielo allá donde voy, buscando el cielo de mi infancia y sin embargo, esta vez, sorprendido por la calidad y la calidez de lo que hallé a ras de suelo no me hizo falta mirar más arriba. Todavía me sorprendo.

El Nepal es así, no lo he inventado yo... NAMASTE…..





“En esta orgullosa y preciosa montaña hemos vivido horas de fraternal, cálida y exaltada nobleza. Durante unos días, aquí hemos dejado de ser esclavos y hemos sido realmente hombres. Es duro volver a la servidumbre”. Lionel Terray.

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